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Acampado junto a nosotros El comienzo del prólogo de Juan nos remonta a lo más alto y más sublime del misterio trinitario: «La Palabra, en el principio, estaba junto a Dios». Pero, un día, ese Dios a quien nadie ha visto nunca decidió rasgar la tiniebla y plantar su tienda junto a nosotros. La palabra cambió la vecindad de Dios por la vecindad de los hombres, y el resplandor de la gloria acampó junto a la debilidad de nuestra carne. El verbo que elige Juan en su prólogo evoca un mundo de imágenes muy concretas: acampar es muy distinto de instalarse, de residir, de asentarse. El que acampa no suele disponer de un terreno ni ejercer derechos de propiedad sobre él; ni siquiera puede estar seguro de que no será arrojado fuera. Una tienda es algo frágil, y hay que plantarla al abrigo de la ladera de un monte o de un muro, porque está expuesta a todos los vientos y a todas las intemperies. Una tienda se instala casi sin herir la tierra, casi sin hacer ruido, como pidiendo tímidamente permiso y asegurando que no va a molestar. El que acampa no se protege con puertas blindadas ni con alarmas; su única defensa consiste en confiar en que su misma debilidad y pobreza le defenderán de cualquier codicia. Alguien ha venido a vivir así entre nosotros. No va a imponer nada, no va a ejercer la fuerza de su señorío ni a tomar posesión de nuestra tierra con imperativos categóricos. Le oiremos decir: «Si quieres»..., «si alguno se quiere venir conmigo...», «estoy a la puerta y llamo: si alguien me abre...» Sabremos que es él, porque la caña cascada se enderezará entre sus manos. Porque su aliento conseguirá que, de la mecha que se apagaba, vuelva a brotar una llamita. No gritará ni se impondrá con violencia, pero las fuerzas del mal se someterán a su autoridad, y alguien reconocerá con asombro: «Tú tienes palabras de vida eterna». El evangelio de Lucas expresa esta misma realidad con su estilo peculiar y subraya el misterio de esta elección: el nombre de César Augusto evoca el universo de la autoridad, el poder y la fuerza según nuestros criterios. Según una buena lógica, el artífice de la «paz augusta» tendría que ser el primer beneficiario de la vecindad de aquel que viene a ser nuestra paz. Tampoco los pastores tienen, en el texto de Lucas, nombre propio: son otra personificación de lo no importante, de lo no significativo. Son los representantes de esa masa anónima de gente de abajo, de pequeña gente que no cuenta a los ojos del mundo. Una vez más, la Navidad viene a nosotros como noticia gozosa y también como encrucijada, como momento de decisiones. Y no hay otro lugar donde podamos aprenderlo más que ese descampado de Belén de Judá, en el que un grupo de los que no saben, no pueden y no tienen, está en vela en medio de la noche. |




















