San Juan María Vianney, el Santo cura de Ars
El ejemplo de aquellos heroicos sacerdotes conmovió al pastor de ovejas, quien deseó ser pastor de almas. Llegó el concordato napoleónico y la paz empezó a brillar sobre las iglesias de Francia. Tenía veinte años de edad cuando logró dejar la casa de sus padres e ingresar en el seminario. Antes no le había sido posible por dificultades económicas. Después de superar muchos obstáculos, el 13 de agosto de 1815 fue ordenado sacerdote. Tenía ya veintinueve años. Durante tres años más continuó estudiando teología, al cabo de los cuales lo designaron párroco de la localidad de Ars, que no habría de abandonar por el resto de sus días. El 9 de febrero de 1818, Ars lo vio llegar. Triste, nuestro santo contempló el pueblo, un villorrio abandonado, sucio, pobre. Siguieron los días. La taberna y las casas de juego absorbían los gustos de gran parte de la población, compuesta de hombres ignorantes, indiferentes y llenos de desprecio hacia el cura intruso. ¿,Para qué lo necesitaban? Visitó hogares, bautizó, enseñó el catecismo, preparó a los chicos y a los grandes para la primera comunión. Los enfermos recibían los sacramentos. Durante el día era el mensajero de Dios. De noche, estudiaba teología, preparaba sus sermones y leía la vida de los santos. Los domingos sólo las mujeres y los niños escuchaban misa. Tardaron unos meses en agruparse los hombres. Su laborioso apostolado lo llevó a formar cofradías con la ayuda de sus primeros amigos. El pueblo sin fe se transformó en un pueblo con fe. "Vivimos al lado de un santo" , era el comentario habitual de la gente. De todos los lugares llegaban para conocerlo. Por sus manos pasaban importantes sumas de dinero, que el destinaba a los pobres íntegramente. Se lo veía vistiendo una deshilachada sotana de color indefinido, sus zapatos siempre rotos. Ars necesitaba una escuela, un templo, un hospicio, un hospital, y el padre Vianney los hizo edificar. Fundó también un asilo llamado La Providencia para niños y jóvenes huérfanos o abandonados. Comía escasamente y dormía poco; confesaba durante dieciséis horas diarias. Así, durante cuarenta años, trabajó en la pequeña aldea de Ars. Oraba y pedía a Dios. El mundo reconoció su virtud y a partir de 1827 comenzó aquel desfile de peregrinos, unos veinte mil por año, que llegaban de todos los lugares de Europa y América para ver al santo. Dios le había otorgado el don de profecía y en forma de recuerdos se le presentaban conocimientos de hechos ignorados que sorprendían a los penitentes. El cura de Ars fue el apóstol de su siglo. Murió el 4 de agosto de 1859, razón por la cual hoy es el día del párroco. Certeras palabras las del obispo al despedir los restos mortales de san Juan María Vianney: "¡Oh tu, siervo bueno y leal! Ya que fuiste fiel en lo poco, quiero encargarte de lo mucho. ¡Ven, entra en el reino de los cielos!. |





“Si tuviéramos fe seríamos capaces de ver a Jesucristo en el Santísimo Sacramento como los ángeles lo ven el cielo. Él está ahí. Nos espera.”














